Iba a abrir
un Blog bajo un nombre ficticio (como lo han hecho varios) tipo “Ailuj Telul”,
pero recordé que los Blogs ya no están más de moda. Entonces publicar una blognovela aburrida sobre cómo una boluda como yo trataría de dejar de fumar —¡día
a día!— iba a ser una tortura no china sino peor, algo así como la jaula en la
cabeza de Winston en 1984. Imaginate, cada 24 horas una mina te cuenta los
pormenores y mayores de cómo se engorda cuatrocientos kilos y pareciera tener
un PMS constante.
Entonces
descarté la idea y la cambié por escribir el texto.
Nunca más
dejo de fumar. Es más, no lo digo porque ahora haya dejado y no quiera volver,
sino porque voy a volver a fumar sólo para nunca más dejarlo.
¡Esto sí
que es un tormeto!
Primero, la
abstinencia. Te levantás y no sabés qué hacer, si prender el fuego de la cocina
con el encendedor para poner la pava o prenderte fuego la nariz. Cuando salís
del baño y está el agua lista para el mate no sabés si fumarte la bombilla o
poner en un rolisec un poquito de yerba para sacarte la ansiedad... o poner la yerba dentro de la bombilla y fumarla.
Te vas a
laburar. Después de casi ni pensar (pero pensar todo el tiempo), llega la
maldita hora de almuerzo. No. No quiero. Si llego a almorzar, voy a asesinar
por el pucho post comidita. Pero… ¡el único modo que conozco para no almorzar
es fumar tabaco!
Ok. Pasa. Me
como un par de uñas. No me preguntes, pero pasa. Me la banco. Bueno, sí sé. Ahora
que me doy cuenta de que me gustan mis uñas largas, me compré unos Beldents
comunes de los rosas. Qué ricos que son, che.
Vamos que
sigo. Se endureció el chicle, ¡qué rápido que se vuelven cascote! Me como otro. En la oficina me dicen que hago
ruiditos, que hago globitos y los exploto. Bueno, que me la fumen, che. (¿cuac?)
En el
colectivo la gente se da vuelta para mirarme. Bueno, mierda, me voy a bajar en
el kiosco y me compro unos caramelos.
—Hola
amiga, cuatro con setenta y cinco.
—Nono, no
quiero CJ, quiero caramelos.
La cara del
polaco no tuvo desperdicio. —¿De cuáles?
—preguntó.
Me llevé a
casa una bolsa de caramelos de todos los tipos y colores. Lo más loco fue que
los que más me gustaron fueron los que mi abuelo compraba de a bolsones y a mi
me daban asco. Los caramelos media hora. Es mentira, no duran media hora. Pero
están buenos para mantener la boca ocupada unos cinco minutos.
En fin.
Pasé la cena de la noche (por primera vez en mi vida no hice sobremesa), pasé
otra vez la mañana, el medio día… ¡Esto no parece tan difícil como yo pensaba!
A los
cuatro días comencé a comprarme caramelos sin azúcar porque me di cuenta de que
los pantalones me apretaban. Mi novio nunca dijo nada, pero para mí que lo
notó. Con razón la otra vez levantó la mesa él cuando yo estaba por terminar mi
plato de fideos… ¿Tendría la sensación de que me iba a volver a servir?
“¡Qué
alegría no sabés la plata que debés estar ahorrando! ¿Por qué no te comprás un
chanchito y ponés ahí lo que no gastás en puchos?”, dijo mi señora madre con
felicidad. Por teléfono, claro. Ella no había visto que la plata que gastaba en
tabacos la estaba gastando en golosinas y que era yo la que se estaba
convirtiendo en el chanchito.
Tengo antojos nuevos, raros... Nunca me gustó mucho el chocolate y ahora quiero todo con mucho chocolate... "¿No estarás embarazada?", me preguntaron. No, dejé de fumar.
"¡Aaah! ¡Entonces estás embarazada!"
No. No y no. Que tenga 33 años y que haya dejado de fumar NO quiere decir que esté embarazada sino que creo que es hora de dejar de fumar. ¿Tan difícil es?
Pasaron dos
meses. Eso de salir a tomar un café o una birra y no saber qué hacer con las
manos lo manejo. Siempre hay algún pedacito de servilleta para hacer papel
picado.
Pasaron dos
meses y no lo extraño tanto, pero me he dado cuenta de que me han aflorado
defectos que antes no tenía (o que tenía tapados por el cigarrillo): hablo sola
todo el tiempo, me quejo, me enojo, me enculo con todo el mundo, odio a todo el
mundo, no quiero pero quiero, lloro, ahora quiero ser mamá sólo porque dejé de
fumar (eso debe ser por tanto que me rompen las pelotas), me enojo porque me rompo el lomo trabajando y me enojo cuando tengo un
rato libre en el laburo, tengo muchas ganas de mandar a cagar a todo el mundo y
de romperle una silla en la cabeza a la primera vieja que me hable en el
supermercado sobre cuánto subió la yerba. Bronca. Eso tengo. ¿Si me prendo un
tabaco, se solucionarán mis problemas?
Y no me
vengan con que me prenda un porro, boludos. Que lo que menos quiero es tener
bajón de hambre y volverme mamá Luchetti.
Falta una
semana para que se cumplan tres meses que dejé de fumar. ¿Alguien me puede
decir cuánto más voy a tener que padecer esta tortura? Porque para eso, te juro
que prefiero ir a comprarme un atado de tabacos.
Obvio, ya
llamé a un analista. Y por supuesto que tiene que ser un ex fumador. Si no, no
es joda, man…