Esto de sentir que estás sentado en el banquillo y que te evalúan es horrible, ya lo sabemos.
Tema uno, tema dos, tema tres, tema cuatro y tema cinco.
Para un examen, uno puede haberse estudiado la vida, pero cuando se enfrenta a la hoja con las preguntas, comienza a dudar.
En la primera leída que le das, te resultan todas las preguntas extrañas. ¿Y esto? ¿En qué capítulo estaba? ¿Cuándo habla el autor de esto?
En la segunda leída ya comenzás a recordar palabras que te remiten a lo que estudiaste pero cuando te ponés a escribir, te das cuenta de que tenés todas las ideas en la cabeza, que sabés la respuesta, pero en la hoja de examen te sale sólo un renglón que resume veinte páginas de la teoría de la choronga.
¿Cómo puede ser que la tengas clara pero que no puedas explayarte un renglón más?
¡No puede ser! Encima hay que justificar. Me cago en justificar. Es así como lo dice el tipo y punto. Lo dice en el libro. ¿No es suficiente?
No. Justificá y da ejemplos de la vida real.
Claro que en ese momento no podés pensar en algo original. Te sale un ejemplo protagonizado por Juan y María, para colmo. Ni siquiera podés detenerte en ser original en los nombres.
A medida que pasa el tiempo, vas completando las respuestas de examen. Pensás que no es suficiente, querés escribir un poco más. Releés las preguntas y te das cuenta de que no justificaste la número dos. ¡Y no te queda espacio! Ponés una llamada y comenzás a escribir al final de la hoja. Cuando volvés a leer tu respuesta, te das cuenta de que repetiste algunas cosas y comenzás a tachar. Tacho un poco acá y otro poco allá.
Tu examen es ahora un enchastre. Lo querés arreglar con corrector líquido blanco, (¡qué genial! ¡No me lo olvidé!) pero como no tenés tanto tiempo porque los minutos pasan como segundos, querés escribir sobre el corrector cuando aún no está totalmente seco. Y la lapicera hace un pasticho azulado sobre la hoja. Le pasás el dedo y comenzás a dejar manchitas blancas azuladas por todas partes.
En ese momento ves como se levantan algunos compañeros y entregan la hoja con una sonrisa.
Y vos transpirás que da calambre.
Mirás el reloj, mirás la hoja, te mirás los dedos y te agarrás la cabeza. ¿Tendré tiempo de pasarlo todo a una nueva? Si quiero sacar una hoja de la mochila, se pensarán que me quiero copiar y ¡no! lo único que me falta es que me llamen la atención, me muero de verguenza... y los minutos siguen pasando como segundos. Y vos, seguís transpirando como en un sauna.
La profesora dice que vayan entregando.
Y vos te querés matar. Te rompiste el culo estudiando, no saliste, no fuiste a la fiesta donde estaba el flaco/piba que te gusta o te perdiste ese recital que tanto deseabas ir a ver.
Y te resignás.
Entregás y comenzás a rogarle a Thor por un cuatro. Con un CUATRO soy Gardel, pensás. Cuando en realidad habías llegado pensando en que habías estudiado para un ocho...
¡Qué lo tiró mamita querida!
Y acostumbrate. Esto se repite toooooda la vida.



